20 julio 2024

Bizkaia, 1 de mayo de 1890

(por Meltxor Guerrero)

El pasado es como un espejo viejo y olvidado en algún desván que, vete a saber por qué, seguimos conservando. Si contemplamos nuestra imagen en él, el reflejo que nos devuelve está distorsionado, sucio y amarillento como el mismo espejo, borroso pero, aun así, reconocible… Mirarnos en ese espejo es tratar de comprendernos, es seguir el rastro de un tiempo y unos días que se fueron pero cuyo eco sigue resonando. Nos deja entrever parte de lo que fuimos y nos ayuda a entender parte de lo que somos.

Han pasado 133 años desde aquel primer 1 de mayo, que aquí ni tan siquiera fue un 1 de mayo, y la clase obrera, esa que algunos dicen que ya no existe, sigue saliendo a la calle con sus banderas y pancartas, sus gritos y anhelos… tan distintos pero, sorprendente, tan iguales. Unos, los más, como si de un día de fiesta y celebración se tratase; otros, los menos, tratando de convertirlo en un día de lucha y reivindicación. La imagen del pasado reflejándose en el espejo del presente.

Anarquistas y socialistas comparten un pasado de largos enfrentamientos y escasos entendimientos y el origen del 1 de mayo es uno más de estos desencuentros. Para los socialistas, el origen se encuentra en la reunión que los partidos marxistas, en conmemoración del primer centenario de la Revolución Francesa, realizaron en París en julio de 1889. Reunidos en la Sala Pétrelle, los representantes de 23 países acordaron constituir la Segunda Internacional y aprobaron una resolución, recogiendo la idea lanzada por la American Federation of Labor un año antes, de celebrar una manifestación internacional en favor de la jornada de ocho horas el 1 de mayo de 1.890:

“Se organizará una gran manifestación internacional, en fecha fija, de manera que en todos los países y en todas las ciudades a la vez, el mismo día, los trabajadores exijan a los poderes públicos la reducción legal de la jornada de trabajo a ocho horas y la aplicación de las demás resoluciones del Congreso Internacional de París”.

Los anarquistas tienen una visión distinta de su origen, que sitúan en los sucesos de Chicago de 1.886. Allí, como consecuencia de una lucha que se remontaba a años anteriores, durante varios días y tras la Huelga General que comenzó el 1 de mayo por la jornada de 8 horas, se sucedieron violentos enfrentamientos entre policía y manifestantes con el resultado de numerosos muertos y heridos por ambas partes. Ocho destacados anarquistas fueron detenidos y, tras un juicio lleno de irregularidades, declarados culpables, siendo ahorcados cuatro de ellos el 11 de noviembre de 1.887 y pasando a la historia como los “mártires de Chicago”. El movimiento norteamericano por las ocho horas y su violento colofón tuvo un enorme impacto en el anarquismo ibérico, tanto es así que ya en 1.886 se había puesto en marcha una campaña con el mismo objetivo por parte de la Federación local de Barcelona de la FTRE a la que, en 1.887, se adhirieron numerosas sociedades obreras de todo el Estado, se impulsaron movilizaciones, mítines y protestas pero habrá que esperar hasta mayo de 1.890 para que reciba el apoyo masivo en las calles por parte de la clase obrera.

Sea como fuese, anarquistas y socialistas acabaron confluyendo en el 1 de mayo de 1.890, aunque en la mayoría de las localidades ni se manifestaran unidos ni, incluso, lo hicieran el mismo día y no sólo eso, sino que las formas de encarar la movilización fueron radicalmente distintas. Mientras que los anarquistas defendían la realización de una huelga general indefinida que comenzaría el día 1 y no cesaría hasta la consecución de las ocho horas, los socialistas se decantaban por trasladar la fecha al día 4, que al caer en domingo creían que facilitaría las movilizaciones y se pronunciaban en contra de la huelga general, siendo partidarios de la realización de un mitin y una manifestación pacífica que finalizaría con la presentación a las autoridades de un texto con las peticiones aprobadas en el Congreso de París.

El movimiento anarquista, a pesar de contar con una larga tradición organizativa desde la fundación de los primeros núcleos internacionalistas en tierras vascas en 1.870, en torno a 1.890 se encuentra en una fase de desorganización, repliegue y con diversos conflictos internos. En 1.888 se había disuelto la F.T.R.E., que había contado con más de 700 afiliados en los territorios vascos y su continuadora, el Pacto de Unión y Solidaridad, no llegó a cuajar del mismo modo en estas tierras pero, a pesar de su fragmentación y escasa incidencia social, era un movimiento que seguía vivo y en continuo movimiento. Es tradicional, en determinada historiografía, afirmar que en torno a 1.890 no había prácticamente anarquistas en Euskal Herria ni apenas los había habido antes, un puñado de individualidades sin apenas actividad más allá de la venta de periódicos. Pero un nada exhaustivo repaso de los periódicos de la época nos confirma, precisamente, lo contrario: en 1.887 existe una Federación Local bilbaína activa en el seno de la F.T.R.E. y ese mismo año, la Sociedad Tipográfica de Bilbao, libertaria, mantiene una larga huelga en la localidad; en 1.887 un grupo organiza una conferencia en el Teatro Romea de Bilbao con vistas a la creación en la ciudad de una escuela laica; en 1.889 se constituye en Donostia el “Grupo anarquista internacional” y en Bilbao el “Grupo anarquista 18 de marzo”, además de la existencia en las cárceles de Bilbao de un grupo de presos anarquistas muy presentes en la prensa de la época. Los anarquistas rara vez logran romper los límites de su espacio ideológico pero ahí están desde hace veinte años y no cejan en el empeño.

El movimiento anarquista, a pesar de contar con una larga tradición organizativa desde la fundación de los primeros núcleos internacionalistas en tierras vascas en 1.870, en torno a 1.890 se encuentra en una fase de desorganización, repliegue y con diversos conflictos internos. En 1.888 se había disuelto la F.T.R.E., que había contado con más de 700 afiliados en los territorios vascos y su continuadora, el Pacto de Unión y Solidaridad, no llegó a cuajar del mismo modo en estas tierras pero, a pesar de su fragmentación y escasa incidencia social, era un movimiento que seguía vivo y en continuo movimiento. Es tradicional, en determinada historiografía, afirmar que en torno a 1.890 no había prácticamente anarquistas en Euskal Herria ni apenas los había habido antes, un puñado de individualidades  sin apenas actividad más allá de la venta de periódicos. Pero un nada exhaustivo repaso de los periódicos de la época nos confirma, precisamente, lo contrario: en 1.887 existe una Federación Local bilbaína activa en el seno de la F.T.R.E. y ese mismo año, la Sociedad Tipográfica de Bilbao, libertaria, mantiene una larga huelga en la localidad; en 1.887 un grupo organiza una conferencia en el Teatro Romea de Bilbao con vistas a la creación en la ciudad de una escuela laica; en 1.889 se constituye en Donostia el “Grupo anarquista internacional” y en Bilbao el “Grupo anarquista 18 de marzo”, además de la existencia en las cárceles de Bilbao de un grupo de presos anarquistas muy presentes en la prensa de la época. Los anarquistas rara vez logran romper los límites de su espacio ideológico pero ahí están desde hace veinte años y no cejan en el empeño.

Los socialistas, en cambio, son unos recién llegados. En 1.885, Perezagua, la gran figura del socialismo vasco de fines de siglo, llega a Bilbao y comienza, junto con sus colaboradores un frenético trabajo de propaganda y organización. Partiendo de un pequeño núcleo en Bilbao, se extiende a la margen izquierda y zona minera, aunque el crecimiento cuantitativo fue extremadamente lento. Según el propio Perezagua, en la primavera de 1.890 las agrupaciones socialistas de la zona minera apenas tenían unos cincuenta afiliados. A pesar de ello, en sus mítines y movilizaciones son capaces de atraer a muchos trabajadores que reconocen en los socialistas un liderazgo moral, aunque aún no organizativo.

Debido a esta preeminencia socialista, en Bilbao, como en el resto de territorios en los que la presencia de los marxistas era mayoritaria, se decidió trasladar la fecha de la manifestación al día 4 y, a pesar de que ni socialistas ni autoridades querían que las anunciadas manifestaciones derivasen en enfrentamientos, según se acercaba la fecha el nerviosismo se fue extendiendo, hasta el punto de que las autoridades prohibieron un mitin de propaganda previsto para el 13 de abril en La Arboleda, si bien el resultado fue el opuesto al esperado ya que, cuando finalmente se permitió su realización el día 21, acudieron más de 3.000 trabajadores. En ese día, por primera vez por una razón laboral, se desplegaron fuerzas de la guardia civil para mantener el orden en la zona minera. Además, comenzaron a correr rumores de que dos regimientos de soldados estaban listos en caso de que los obreros se declarasen en huelga e incluso los jesuitas solicitaron protección al gobierno civil y se suspendió una corrida de toros prevista para el domingo 4 de mayo.

Aunque hasta entonces las movilizaciones obreras no habían sido precisamente masivas, los socialistas se mostraban cautelosamente optimistas, ya que la actividad de propaganda en las semanas previas había sido muy intensa: mítines en las principales localidades, reparto de miles de hojas de propaganda, actos en fábricas y barrios…

El día 4 Bilbao amanece con las calles desiertas. A primera hora, el gobernador, acompañado por un capitán de la guardia civil y un inspector, recorre la ciudad mientras numerosas fuerzas armadas ocupan las calles aledañas al lugar donde debía realizarse el mitin. La noche anterior, un batallón de soldados procedente de Balmaseda había llegado a Burtzeña, punto estratégico para controlar la carretera entre la zona minera y Bilbao, pues se esperaba y temía la llegada de miles de mineros a la capital. En torno a las 9:00 de la mañana, numerosos grupos de obreros comienzan a concentrarse en la zona del Teatro Romea, donde montan guardia dos piquetes armados de forales y guardias civiles, y es tal la cantidad de gente que se reúne en la zona (en torno a unas 3.000 personas) que los líderes socialistas solicitan al gobernador trasladar el mitin previsto a la colindante Plaza de la Cantera. Sobre las 10:00, una nutrida columna de unos 1.000 mineros procedentes de La Arboleda llega a la zona portando una bandera roja con el lema “8 horas de trabajo, 8 de descanso, 8 de educación…” y son recibidos con “una salva de aplausos”. Poco después se inicia el acto y, tras llamamientos de los dirigentes socialistas a “que guardasen el mayor orden” y que el acto fuese “un modelo de cordura y sensatez”, comienza la manifestación partiendo de la calle La Laguna, pasando por San Francisco, Hernani y desembocando en la calle Santa María, donde en aquella época se encontraba el Gobierno Civil. Allí, una comisión del comité socialista sube al despacho del gobernador para hacer entrega del documento en el que se recogían las reivindicaciones obreras y éste, saliendo al balcón, recomienda a los obreros calma y orden y promete hacer llegar al Congreso sus peticiones, palabras acogidas por la multitud con “nutridos vivas al señor gobernador”. A continuación y, a pesar de la intensa lluvia que había comenzado a caer, se reanuda la manifestación por la calle Ribera, Puente del Arenal, Gran Vía y finalizando en la plaza Elíptica, donde se había levantado una tribuna y se dio lectura al documento previamente entregado al gobernador; posteriormente intervinieron los líderes del “partido obrero” Perezagua, Carretero y Pascual, finalizando éste al grito de “Vivan los proletarios de todo el mundo”. Algunos obreros propusieron entonces que una comisión solicitase al gobernador la puesta en libertad de los 11 presos en la cárcel por los sucesos de la fábrica del Desierto del pasado 2 de mayo, pero Perezagua se negó alegando que ya estaban a disposición judicial. En ese momento, tal y como nos cuenta el corresponsal en Bilbao del periódico anarquista El Productor, dos anarquistas “subieron a donde estaba la comisión manifestando deseos de dirigir la palabra a los reunidos antes de terminarse la asamblea” pero éstos también se negaron y dieron por finalizado el mitin. A pesar de ello, uno de los anarquistas comenzó a dirigirse a la multitud consiguiendo escaso éxito, ya que éste había comenzado a disolverse, finalizando su intervención con un “si quieren conseguir algo los trabajadores, no sería sólo con aquella manifestación, que lo que debían hacer era no volver al trabajo hasta conseguir lo que deseaban”.

Durante el recorrido, se dieron “muchos vivas” a las 8 horas y a la unión de la clase obrera, portando los obreros nueve grandes banderas rojas con lemas alusivos al tema de la movilización. A pesar de la lluvia que caía sin piedad, la cifra de asistentes debió de ser notable, oscilando entre los 14.000 dada por los propios socialistas, o los 700, de los afines al gobierno, aunque la mayoría de observadores daban cifras de entre unos 3.000 y 10.000 asistentes. Eso sí, todos coincidían en que había sido extremadamente “ordenada y pacífica”.

Por la tarde se celebró otro mitin en el frontón de La Arboleda, a dónde se habían desplazado tras la manifestación de la mañana dos piquetes de la guardia civil y forales y el batallón de soldados de Balmaseda que hasta entonces había permanecido en Burtzeña, se desplazó hasta Trapagaran, “donde se alojó” en previsión de incidentes. En el mitin se reunieron unos 4.000 mineros, interviniendo los líderes socialistas Carretero y Perezagua, “se hizo una colecta para atender a los gastos y terminó la reunión en medio de un orden completo”.

 Al día siguiente, tanto en la zona fabril como en la minera, se reanudó el trabajo con normalidad, a excepción de un centenar de ebanistas, cordeleros y marmolistas que se mantuvieron en huelga exigiendo una reducción de su jornada laboral.

Si bien, tal y como destacaron los medios burgueses, la jornada fue festiva y no se registraron incidentes, si marcó un hito en la historia obrera del territorio ya que, por primera vez, los trabajadores fabriles, y en mayor medida aún los mineros, se habían movilizado masivamente y habían demostrado una fuerza hasta entonces contenida. El 1 de mayo había suscitado entre ellos grandes esperanzas que se fueron enfriando según pasaban los días y que explotaron definitivamente el 13 de mayo cuando 200 mineros de la Orconera se declaraban en huelga en protesta por el despido de cinco compañeros miembros del comité socialista de La Arboleda por su activa participación en la organización de los actos del 4 de mayo, dando inicio así a la primera gran huelga de la historia de Bizkaia, que marca el punto de partida de una creciente conflictividad social (entre 1890 y 1910 hubo, en la zona minera, más de 30 huelgas parciales y 5 huelgas generales) y que, si bien consolidará el liderazgo de los socialistas en la zona, tampoco dejará de estimular una creciente actividad anarquista en el territorio. Pero eso, ya es otra historia…