Mujeres anarquistas, siempre antifascistas

Vivimos en un sistema que pretende convencernos de que la opresión es natural, de que la desigualdad es inevitable y de que nuestro lugar es el silencio. Ahora vivimos momentos en los que el fascismo intenta erigirse de nuevo como “alternativa”. Pero nosotras sabemos la verdad: el fascismo es machista.

Este sistema opresor no solo amenaza nuestras vidas, sino que es un mecanismo de control, una herramienta del poder para mantenernos sometidas, vigiladas y explotadas. El fascismo nos señala como enemigas, intenta devolvernos a la nada, nos acusa de dividir cuando lo único que hacemos es revelar las cadenas que ellos han construido.

El fascismo actual ya no se esconde, quiere arrasarlo todo y uno de sus objetivos claros es el feminismo. Su proyecto busca la subordinación; se ríe de la violencia machista, la niega y la trivializa [por ello es necesario generar una conciencia feminista a través de la huelga feminista]. Su mirada autoritaria ambiciona volver a los estereotipos y roles de género, … Su ideología se sustenta en la superioridad del hombre sobre la mujer.

El fascismo, integrado ahora en las instituciones, carga especialmente contra las mujeres migrantes a las que persigue y deshumaniza; las nombra como amenaza mientras se beneficia de su explotación. La ley de extranjería es una herramienta del Estado para el control y dominación. Nos convierte en personas dependientes de permisos y controles, sometiéndonos a la precariedad, la explotación y la amenaza constante de la deportación. Nuestros derechos, nuestras vidas no pueden estar sujetas a las leyes de un Estado que nos quiere sometidas.

Durante siglos, las mujeres hemos sido tuteladas primero por el padre y luego por el marido, tratadas como menores dentro de nuestras propias vidas; necesitadas de protección (no es protección, es dominación) y permiso. Aunque las leyes hayan cambiado, la lógica patriarcal sigue intacta: se espera que carguemos con los cuidados, que renunciemos a nuestro tiempo, que pidamos permiso para existir. Esa tutela simbólica sigue marcando nuestras relaciones, nuestros trabajos y nuestras posibilidades de autonomía.

La dominación sobre lo femenino no se da solo en el ámbito doméstico; la alianza entre patrón y Estado nos quiere empobrecidas, precarias y agotadas. Así nos tendrían más sometidas y sin capacidad de reacción. No es casualidad que los trabajos feminizados sean los empleos peor pagados, más inestables y más invisibilizados. No es coincidencia que la maternidad se penalice, que los cuidados no se reconozcan y que la violencia económica sea una constante. La pobreza tiene rostro de mujer porque el sistema necesita que así sea para seguir funcionando. La feminización de la pobreza no es un accidente: es una estrategia.

La violencia patronal tiene múltiples dimensiones: los despidos por embarazos o incluso la limitación de acceso al empleo por embarazo o periodo de lactancia son prácticas ilegales pero actuales. Estos despidos suelen ser encubiertos o con presiones para abandonar el puesto. Te hacen elegir entre ser madre o ser una mujer trabajadora; y esa elección forzada interesa a determinadas facciones, porque admitir otra posibilidad implicaría que las mujeres tuviéramos el derecho a decidir sobre nuestras vidas y nuestros cuerpos, que tuviéramos libertad económica, que nos consideraran como agentes activas en esta sociedad.

Por otro lado, nos encontramos otros modos que limitan el desarrollo profesional de las mujeres, como es el techo de cristal, el cual ignora nuestras capacidades y perpetúa el poder en lo masculino; o los suelos pegajosos, que nos mantienen atrapadas en empleos precarios con pocas posibilidades de promoción. Estas dinámicas están estrechamente ligadas al modelo de conciliación, que trasladan de forma desigual la responsabilidad de los cuidados.

Hablemos claro: La conciliación laboral es un espejismo, una ilusión. Nos hablan de “flexibilidad” mientras recae en nosotras la práctica totalidad de los cuidados y solo a nosotras se nos exige que limitemos o sacrifiquemos nuestro tiempo de trabajo y nuestra remuneración, lo que nos lleva, de nuevo, a esa dependencia económica. Y, además, todo esto acarrea unas consecuencias para nuestro futuro, ya que implican unas cotizaciones insuficientes y, en consecuencia, unas pensiones ínfimas o inexistentes.

Para quien le parezca poco, no solo se queda ahí, sino que además estamos expuestas diariamente al acoso en nuestro entorno laboral, con unas consecuencias directas que nos llevan al miedo, al aislamiento y en multitud de ocasiones a la renuncia o el despido. El acoso sexual es otra herramienta de control. La patronal lo tolera o lo invisibiliza, porque un ambiente laboral inseguro mantiene la obediencia, el miedo y la competencia entre mujeres. Cada denuncia ignorada, cada agresión minimizada, refuerza un sistema que nos mantiene subordinadas y divididas. Hay ejemplos actuales, entre otros muchos, los casos de periodistas asediadas, hostigadas y amenazadas por tener una actitud crítica, feminista y disidente. Y es que el objetivo es obvio, provocarnos miedo y expulsarnos de los espacios públicos.

No todas estas humillaciones se dan solo en el ámbito empresarial, sino que se manifiestan de forma aún más extrema en otros sectores feminizados y profundamente invisibilizados, como el trabajo del hogar. Las empleadas del hogar viven la precariedad en su forma más cruda: desempeñan un trabajo sin cotización plena, sin acceso efectivo a la protección social y expuestas a abusos y situaciones de acoso. La relación laboral, marcada por una fuerte desigualdad de poder, normaliza jornadas extensas y una disponibilidad casi permanente.

El patriarcado no solo nos oprime: es rentable para quienes ostentan el poder económico. En este entramado de dominación, la Iglesia y su moral han actuado como pilares fundamentales de control. Han dictado cómo debemos comportarnos, cómo debemos amar, cómo debemos vestir y hasta cómo debemos sentir. Han convertido nuestros cuerpos en territorio de culpa y vigilancia. Su moral reaccionaria sigue infiltrándose en las instituciones, en la educación y en los discursos públicos, reforzando la idea de que la libertad femenina es peligrosa.

A través de la culpa y la violencia, se ha construido una feminidad basada en la obediencia, el sacrificio y la renuncia. Nuestros cuerpos continúan siendo territorio de control. La sexualidad femenina ha sido castigada, el deseo censurado. …

Vivimos inmersas en una cultura misógina y sexualizada que nos reduce a objetos, que nos fragmenta, que nos convierte en mercancía. Una cultura que normaliza la violencia, que erotiza la desigualdad y que nos enseña a mirarnos con los ojos del opresor. Esta cultura no es inocente: es un mecanismo más para mantenernos inseguras, divididas y desconectadas de nuestra fuerza colectiva.

La sexualización e instrumentalización de nuestros cuerpos traspasa fronteras y sirve de mercancía en los conflictos armados. La guerra es la expresión máxima del poder coercitivo y político: una maquinaria que sacrifica vidas para sostener fronteras, intereses económicos y jerarquías. En ese contexto, se multiplica la violencia sexual, usada como arma de guerra y de terror; aumenta la pobreza, y por tanto nuestra vulnerabilidad, y obliga a millones de mujeres a migrar, exponiéndolas a explotación y violencia institucional. Por eso afirmamos que no habrá liberación de las mujeres sin una lucha radical contra el militarismo y la lógica de la guerra.

Frente a todo esto, el feminismo no pide permiso: exige derechos, autonomía y seguridad en el trabajo y en las calles. Porque la liberación de las mujeres también es una lucha contra la explotación.

Por eso, ahora más que nunca, debemos reafirmar nuestros valores como mujeres obreras y anarquistas. Somos parte de una tradición que nunca se ha arrodillado ante el patrón ni ante el Estado. Somos herederas de quienes lucharon en fábricas, en barrios, en campos, en ateneos y en sindicatos. Sabemos que la libertad no se mendiga: se conquista colectivamente.

Nuestros valores —solidaridad, apoyo mutuo, acción directa, autogestión, igualdad radical— son la antítesis del fascismo. Allí donde ellos levantan muros, nosotras construimos redes. Allí donde ellos imponen obediencia, nosotras sembramos conciencia. Allí donde ellos promueven jerarquía, nosotras defendemos la horizontalidad.

Nuestra respuesta no será individual. No basta con sobrevivir: tenemos que organizarnos, tenemos que luchar, tenemos que construir juntas un mundo donde la vida valga más que la autoridad, el beneficio o la obediencia.

Este es un llamamiento a todas las mujeres:

A las que están cansadas.

A las que están hartas.

A las que no quieren seguir solas.

A las que saben que merecemos más.

Unámonos. Organicémonos. Hagamos temblar al patrón, al Estado y a todos los que nos quieren sometidas.

Porque cuando una mujer se levanta, ninguna vuelve a agachar la cabeza.

Porque cuando las mujeres obreras luchan, el fascismo retrocede.

Porque juntas somos ingobernables.